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Como volver a nacer

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Como volver a nacer

 Con paso firme, Amparo se dirigió a los Juzgados de la Plaza de Castilla. Estaba decidida a no soportar más aquellas continuas humillaciones a las que venía siendo sometida desde hacía aproximadamente un año. La noche anterior había sido una noche más de las trescientas sesenta y cinco noches en las que Mario, después de llegar del trabajo, quiso demostrarse a sí mismo que era superior a ella.

 -¿Todavía la cena sin hacer?- fue su saludo cuando atravesó el umbral de la puerta de la cocina, en donde su compañera preparaba una tortilla de patata.

-Enseguida está- contestó atemorizada

 Mario, con el rostro congestionado por el alcohol, dio un golpe seco en la pared en señal de protesta y Amparo sintió ese escalofrío al que no acababa de acostumbrarse. Sus manos se volvieron torpes y un huevo se cayó al suelo.

-¡Inútil, no sirves para nada!- exclamó encolerizado- Esto no puede seguir así.

 Ella, sin decir nada, empezó a limpiar las baldosas manchadas, bajo la mirada atenta de él, que seguía soltando por aquella boca, de labios finos y expresión cruel, la retahíla de improperios que parecía tener aprendida. Arrodillada frente a la mancha amarillenta y gelatinosa, con un paño en su temblorosa mano, comenzó a limpiar sin ver más que los sucios zapatos negros de Mario, que permanecía parado allí delante supervisando cada uno de sus movimientos. Una irónica sonrisa, que más bien parecía una mueca, asomó a su cara mientras contemplaba la escena de la mujer asustada y nerviosa, que no se atrevió a levantar la mirada hasta que aquellos pies giraron y se dirigieron a la sala de estar.

 Fue entonces cuando Amparo pudo levantarse y dar la vuelta a la tortilla. Su nerviosismo aumentó al ver que se había tostado demasiado. No le gustaba así. Y recordó las innumerables veces en las que él le había gritado a causa de la comida. Ésta sería una más y no podía evitar el miedo. Eran ya tantas las ocasiones de desprecio que, lejos de haberla curtido, la habían convertido en una mujer atemorizada, insegura y nerviosa.

 La mesa ya estaba preparada y acudió a la pequeña habitación contigua para avisarlo.

-¡Ya era hora!- exclamó con reproche, mientras hacía esfuerzos para levantar su pesado cuerpo del sofá, en el que se había tumbado a ver la televisión mientras apuraba un vaso de cerveza.

 Amparo giró sobre sus pasos sin pronunciar una sola palabra. Esperó a que Mario se sentase como si, inconscientemente, necesitase rendirle cortesía. Sus hundidos ojos marcados por oscuras ojeras, reveladoras de noches sin dormir, vigilaban tímidamente los cubiertos cuidadosamente colocados a ambos lados del plato de su compañero, atentos al gesto de su ruda mano.

 -¡Basura, esto es una basura! -voceó al tiempo que golpeaba con fuerza la mesa con el puño-. Esto no es comida para un hombre; pero ¿qué te crees?. Ya no vales ni para esto.

 Y continuó bramando, mientras ella se tapaba los oídos con las manos y las lágrimas recorrían sus pálidas mejillas. La miró desdeñosamente.

- Teatrera, deja de hacer que lloras y hazme la cena, imbécil -ordenó de forma airada.

 Amparo no podía contener su llanto y su cuerpo se agitaba con convulsiones, producidas por la desesperación, la rabia, la impotencia y el pánico.

De pronto, sintió un fuerte manotazo en la cara.

-Cállate, que me pones nervioso -gritó, al tiempo que tiraba con fuerza de su lacio pelo castaño, tirón que hizo que la cabeza de Amparo fuese a dar contra la pared y un hilo de sangre brotase de su nariz.

 Mas, lejos de aturdirla, aquellos golpes y aquellas manos rodeando su cuello causaron por primera vez el efecto contrario: Amparo reaccionó y se defendió del ataque apretando con todas sus fuerzas los testículos de Mario, que se retorció de dolor. Ella seguía oyendo los insultos y amenazas mientras bajaba corriendo por las escaleras y, con la cara y el cuello marcados y el corazón liberado, caminó deprisa por las calles de Madrid, sin mirar hacia atrás, dispuesta a salir para siempre del infierno, en el que hasta entonces había vivido.

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Comentarios Como volver a nacer

lo mejor es renacer a diario..cuando te levantas¡¡.
cursos cursos 22/01/2009 a las 15:26
Cursos, bonita frase y muy cierta, aunque difícil en la práctica.
Pero una mujer maltratada lo necesita como comer:).

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